jueves, 19 de mayo de 2011

Estadios y pabellones patrocinados, mala moda

Poderoso caballero es don dinero.               
Francisco de Quevedo

Cualquiera que tenga un par de ojos debajo de las cejas sabe de la importancia en el deporte de hoy en día de los patrocinadores, de que sin ellos la gran mayoría de los espectáculos que contemplamos serian absolutamente impensables pero hay un punto en que, al menos para los que somos unos románticos, se ha ido demasiado lejos.

Hace años que las camisetas están plagadas de logos y nombres de empresas (en algunos deportes como el balonmano resulta difícil encontrar el emblema del equipo y en otros como la natación se ha llegado a plasmar la publicidad directamente en la piel de los deportistas), que los campeones acaparan los spots de todo tipo de productos e incluso en ciertos deportes (ciclismo, baloncesto, etc.) el nombre del equipo varía año a año en función de su principal mesías, pero hasta hace unos pocos años existía un intocable dentro de la relación publicidad-deporte.


Los estadios, pabellones o canchas estaban a salvo del mercantilismo hasta hace apenas un lustro pero desde entonces la invasión es cada vez mayor, seguramente es nadar contra corriente o luchar contra el inexorable cambio de las tendencias pero creo que ciertos equipos o clubes deberían evitar a toda costa estos cambios.

Hace unas pocas semanas el Baskonia visitaba la ciudad de Tel-Aviv con un ambiente insufrible a su alrededor para jugar en el Nokia Arena… lo siento pero no, no me imagino a Berkowitz encestando en el Nokia Arena, el siempre lo hizo en “La Mano de Elías”; o acaso se imaginan que la banda en la hizo diabluras George Best no deba su nombre al distrito de Manchester que ocupa sino a una marca de bebidas, esperemos que nunca ocurra. Seguramente tengo un punto de vista anticuado pero sigo pensando que el deporte (en especial las instituciones o clubes que lo han llevado hasta sus más altas cotas) debe conservar ciertos rincones a buen recaudo, las gestas deportivas en muchísimas ocasiones están tan relacionadas por el éxito conseguido como por el lugar en que se consiguió. Independientemente del espectáculo que vaya a presenciar siempre preferiré visitar Highbury que el Emirates Stadium, el Olímpico de Múnich que el Allianz Arena (a pesar de ser dos localizaciones distintas y ser el nuevo estadio de Múnich uno de los más bellos de la actualidad) o el Estadio de la Paz y la Amistad que un Telefónica Arena cualquiera.

Entiendo que equipos con situaciones económicas acuciantes recurran a patrocinar sus instalaciones o que entidades con dificultad para encontrar otros ingresos “bauticen” todo lo bautizable pero lo grandes deben huir de estas nuevas modas; Maracaná, Twickenham, Santiago Bernabéu, MSG, Flushing Meadows, estadio Panathinaiko… son templos que han visto a deportistas inolvidables escribir algunas de las líneas más gloriosas de sus respectivas especialidades, seguramente dentro de una siglo se siga escribiendo sobre las gestas en todo tipo de recintos pero, para mí, con los nombres comerciales se ha perdido parte de la épica.

Un trofeo siempre será un trofeo pero las paredes que lo albergan también le transmiten parte de su gloria, yo como buen nostálgico, siempre que mi equipo gane en Tel-Aviv pensare que lo ha hecho en La Mano de Elías.